
Texto publicado en su versión original en italiano el 11 de agosto de 2026
Nos tomamos el tiempo de desentrañar un poco el embrollo y compartir algunas reflexiones sobre la jornada del 25 de julio y los ataques a las obras de la construcción del TAV Lyon-Turín en el Valle de Susa.
Nos hemos decidido a tomar la palabra en un debate público que percibimos como irremisiblemente hostil, orwelliano, ajeno a las circunstancias, porque nos resulta necesario decir algo sincero en medio de un océano de mistificaciones y de retórica. Una retórica desagradable y envenenada, sea cual sea la forma en que se presente.
La versión dominante de esta retórica es el grandilocuente discurso de la represión en sus distintas variantes: devastación y saqueo, profesionales internacionales de la violencia, amenaza terrorista. En realidad, resulta inútil malgastar saliva para rebatir algo en lo que cada palabra pierde su significado y se convierte incluso en su contrario. ¿Quién es, en realidad, el que está siendo aterrorizado? ¿Qué especialistas de la violencia participan en una manifestación masiva, en la que se ven involucradas cientos de personas durante más de una hora, en el asalto a una obra y los enfrentamientos que se produjeron a continuación?
La única voluntad de aterrorizar, más que manifiesta, es la de una maquinaria ideológica, policial y gubernamental, que pretende lanzar un mensaje claro y contundente contra la generación que se ha venido politizando en las calles a favor de Gaza: no sigáis intentándolo. Protestar en la calle, ofrecer resistencia a la policía, puede costaros muy caro. La respuesta que llega desde la izquierda no se queda corta. Quienes hayan dado sus primeros pasos en las protestas contra este mundo en ruinas solo durante los últimos años tendrán que sufrir un continuo proceso de domesticación a través del miedo y de la amenaza. Una crisis tras otra, una masacre teledirigida y un asesinato policial tras otro, con el consiguiente impacto y la sensación de impotencia que todo ello conlleva. Pero todo esto no basta: hace falta además recurrir al imperativo chantajista de permanecer siempre alineado para no empeorar la situación, no convertirse en «los tontos útiles de la derecha», no acelerar el peligroso descenso en espiral hacia un estado policial. Ser responsables y, por tanto, permanecer siendo sumisos. Todo ello ignorando de forma desvergonzada que es precisamente esta cobarde sumisión a todas las imposiciones de los gobiernos, a todas las versiones oficiales, al respeto a la autoridad bajo cualquier circunstancia –ya sea política, científica, cultural o policial– la que ha favorecido en mayor medida el resurgimiento de los fascismos.
Y la izquierda es la principal responsable de ello, a pesar de las diatribas desquiciadas que lanza contra quienes muestran el coraje y la determinación de los que ella misma siempre ha carecido.
Las escasas imágenes de ese día las han visto todos: una columna de humo que se eleva de una furgoneta en llamas, explosiones pirotécnicas, lluvia de piedras, el solar de la obra reducido a escombros.
Otra cosa muy distinta es haber visto de cerca a la policía retirándose en desbandada, a una mayoría asaltando y traspasando las alambradas de la construcción, la euforia que se extendió entre todos los allí presentes, desde los jóvenes que tuvieron su primera experiencia hasta los compañeros más entrenados.
Las sensaciones que desencadenan momentos parecidos ayudan a establecer una confianza mutua, a tejer vínculos que toman forma afrontando juntos un riesgo, protegiéndose los unos a los otros, poniendo a prueba el miedo y superándolo en la confrontación. No hay nada épico ni marcial en esta experiencia, más bien una relación más directa con la propia fragilidad común y, sobre todo, la determinación de superarla colectivamente, de exponerse y de sacudirse de encima la derrota. No hay, pues, ningún culto a la fuerza, lo mismo que ninguna fascinación victimista por la propia impotencia.
Por eso, el fácil recurso de poner una etiqueta y encasillar los hechos resulta inútil, tanto si su finalidad es legitimar como criminalizar. Es una operación que neutraliza la carga política de la ruptura, reduciéndola a un síntoma de otra cosa, ya sea de la «eco-ansiedad» o de las «operaciones internacionales». Y por eso mismo debe ser rechazada.
En los últimos días se ha suscitado una polémica, a modo de espectáculo mediático, sobre el estado de salud del movimiento NoTAV. ¿Se ha agotado la movilización? ¿Se trata solo de una cuestión de activistas radicales, en su mayoría extranjeros? Los sucesos del día 25 han reabierto un debate olvidado hace ya tres décadas. Por un lado, los principales medios de comunicación dan por muerta la movilización; por el otro, quienes reconocen que los acontecimientos del día 25 volvieron a poner sobre la mesa la cuestión del TAV.
Y, efectivamente, en el centro de lo sucedido se encuentran precisamente el TAV y el valle de Susa. Pero no los argumentos técnicos sobre el impacto de la obra, ni los argumentos sobre el daño medioambiental y para la salud, ni las razones administrativas ni las infraestructurales. Todo ello es bien cierto, pero secundario. Toda empresa capitalista es un acto de acaparamiento mafioso, en este caso tan emblemático, como en tantísimos otros: la lista de injusticias sufridas, de razonables argumentos pisoteados y los consabidos abusos no nos hará avanzar ni un solo paso adelante. Todo es evidente, para quien quiera verlo. El desprecio hacia un territorio y las comunidades que lo habitan, la imposición violenta de la emergencia a costa de quienes siempre han rechazado la línea de alta velocidad, han hecho que, también en esta ocasión, el diálogo y la palabra resulten totalmente superfluos, y hayan perdido toda relevancia y valor. La referencia a la Valsusa, en cambio, cobra otro sentido, como referencia simbólica y ética a la continuidad de los episodios y los gestos de resistencia que, de alguna manera y a pesar de todo, han conmocionado a quienes actualmente llegan a esos territorios.
Porque por esos mismos senderos las tropas de ocupación ya se retiraron, un 3 de julio de 2011; esas vallas ya fueron atacadas, de día como de noche, en medio de los mismos gases; el material de la obra ya fue pasto de las llamas. Y las imágenes de este pasado se yuxtaponen, en una feliz constelación, a las de los enfrentamientos en la estación central de Milán, a la noche del 31 de enero en Turín, a los disturbios de Bolonia tras la muerte de Fakhir, a la resistencia contra el ICE en Minneapolis y a muchos otros momentos que han marcado estos años que ellos, por todas partes, querrían hacernos aceptar como concluidos, sellados y sin esperanza.
Esta circulación de gestos de ruptura y de revuelta ha adquirido la consistencia de un repertorio y de un imaginario común que, en esta época histórica, ningún discurso político ni programático logra tener. Todas las opciones políticas son ridículas, inadecuadas, deshonestas; todos los léxicos ideológicos resultan falsos y anticuados: en cambio, el poder de las acciones y prácticas que, a pesar de todo, propulsan el corazón más allá del obstáculo y miran hacia la construcción de una fuerza colectiva posible… eso sí, eso todavía parece tener un atractivo y un significado. Y lo vimos el 25 de julio.
Actualmente, aún existen muchos rincones donde algunos conspiran, construyendo relaciones que no están contaminadas por los «valores» de esta sociedad, por la fuerza y la eficacia a cualquier precio, por el cinismo y la insensibilidad como actitud ante la vida.
Quien se aferra a lo que siente como justo –luchas, actitudes, amistades– intenta mantenerse alejado de la publicidad del activismo social, de la visibilidad como reflejo del éxito, de las mentiras de la política, del fetichismo de la pureza ideológica. O si se ve obligado a atravesar estas esferas, lo hace con creciente malestar. Incluso el muestrario de identidades militantes que la sociedad proporciona como reclamo para atraer comportamientos rebeldes, las formas de secesión, todo aquello que en ella se muestra ingobernable, se percibe, con razón, como una trampa o, cuando menos, como un remedio decepcionante.
Por eso, no se ha visto que los rostros de quienes han vivido las manifestaciones por Gaza hayan engrosado, en su mayoría, las filas de grupos y colectivos, sino que parecen surgir de forma intermitente, puntual, en momentos como el del día 25. ¿De verdad no existe una dimensión política en estos comportamientos? ¿De verdad la eterna y dócil cantinela sobre la amenaza del fascismo y de la guerra tiene algo que enseñar? No es casualidad que el Gobierno, a través de las invectivas de su máximo dirigente, amenace a quienes proporcionan alojamiento y comida a los manifestantes en la Valsusa. Es ridículo, sin duda, pero denota la conciencia de que el tejido material de relaciones, amistades y recursos que sustenta un movimiento –su faceta «conspirativa», precisamente– es más importante que los comunicados y los llamamientos.
Toda amistad verdadera, cuando es tomada en serio, cuando es vivida a fondo, tiene siempre un carácter conspirativo frente a la sociedad. Su posible fuerza revolucionaria, su significado más íntimo, no se rebaja a compromisos con ninguna puesta en escena o con la autodenuncia, sino que reside, por el contrario, en su clandestinidad sustancial: en la profundización discreta y paciente de las relaciones de confianza. Exponer los propios vínculos a la luz del día puede suponer un peligroso paso en falso, más aún en un contexto en el que el espacio público, como todos pueden contemplar, se cierra violentamente en torno a una coraza de agresividad reaccionaria. Y la reacción de los aparatos del Estado a la jornada del 25 es un ejemplo claro de ello, poniendo sobre la mesa la cuestión de la opacidad: ¿cómo organizar una fuerza que pueda ser accesible sin ser visible a los ojos del enemigo?
Si la alternativa es refugiarse en el individualismo o pagar un precio muy alto por una cansina afirmación de principios, quizá merezca la pena volver la mirada hacia el pasado. La historia de los movimientos subversivos es una historia de tramas tejidas en la sombra.
La época en la que vivimos no ha concluido, porque no hay épocas o momentos que lo hayan hecho. Existen escenarios estratégicamente desfavorables, pero no se construye una fuerza colectiva razonando con la jerga de la contabilidad económica: sus leyes férreas, las fases expansivas o las de recesión, respecto a las cuales no queda más remedio que esperar con paciencia. Por el contrario, somos parte activa. Las acciones y los gestos políticos –en el sentido más fuerte y auténtico de la palabra– no son fenómenos atmosféricos que haya que registrar. Tanto si se trata de una declaración, como de un texto o de un ataque.
Incluso quienes temen sinceramente los reveses de la represión, quienes se sienten asustados por un horizonte que –hay que reconocerlo– se presenta sombrío, deberían considerar los hechos del 25 de julio como una pregunta. ¿Cuál es la propuesta para recobrar el aliento, para transformar la realidad? ¿Dónde están las fuerzas, las posibilidades del presente? ¿De verdad aceptar las reglas del juego con el rabo entre las piernas es la mejor respuesta a una contrarrevolución que ataca sin reservas?
La época en la que vivimos no ha concluido, pero es peligrosa. Vemos claramente que, en este momento histórico, sobre todo en Italia, un tendero que mata a sangre fría a dos desesperados que huyen –por la espalda, sin que le tiemble la mano– despierta más simpatías que quien sabotea una obra para contrarrestar la devastación de un territorio y de una comunidad. Claro que, ante una situación así, es comprensible que una actitud defensiva pueda parecer convincente. En otras palabras, mantenerse en segunda línea y buscar la forma de desaparecer por completo.
Pero incluso desaparecer es un arte, y conspirar significa precisamente saber construir mientras se deserta: elegir cuándo hablar, elegir cuándo actuar, aun a riesgo de cometer errores. Entonces, ante esta desorientación que es común a todos –pues nadie con un mínimo de honestidad puede jactarse de tener soluciones en el bolsillo–, ante hechos como los del 25 de julio, los del 31 de enero, los de Bolonia y el resto de rupturas que inevitablemente se producirán, ¿cómo conviene comportarse? ¿Defender la normalidad social que precisamente ha conducido a la situación actual, a esta fantástica «estabilidad democrática» cuyas ventajas todos pueden apreciar? ¿Quedarnos solos y asustados, encerrados en casa y bajo custodia, o tomarnos en serio la pregunta?
Y tú, ¿qué piensas de ella?
