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Miseria del capital humano

Miseria del capital humano

Artículo publicado en Entêtement «Misère du capital humain» el 5 de diciembre de 2022.

Miseria del capital humano

« El hecho de que conceptos neoliberales tales como capital humano calen hondo en las vidas diarias de personas con posturas ajenas al CPN [Colectivo de Pensadores Neoliberales] es justamente la prueba de que todo el sistema de poder/ conocimiento funciona: el autogobierno de la individualidad emprendedora no es un espectáculo de marionetas, sino más bien el medio de los agentes modernos para llevar la verdad del mundo a sus propias vidas » Philip Mirowski, Nunca dejes que una crisis te gane la partida.

El reino de la Economía no se extingue, cada día que pasa crece un poco más. La catástrofe ha pasado a ser su modo de gobernanza, la ruina la condición necesaria a la gestión biopolítica. Toda gestión exige establecer un orden estratégico, y los cambios infraestructurales suponen la puesta en práctica de este orden. 

El paso del carbón al petróleo ambicionaba emanciparse de los obreros y de la amenaza potencial que representaba la huelga o, peor aún, el sabotaje de las herramientas de producción. Desde ese preciso momento, los capitalistas han tomado la delantera con la instalación en la periferia de una nueva y mucho más compleja logística, liderada por los ingenieros y complejizada por los dispositivos de automatización, que intensifican la impotencia obrera. O más recientemente con la implementación del teletrabajo que permite a las empresas no preocuparse más por las huelgas de transporte. Cada reconfiguración del capital tiene por objeto reforzar nuestra imposibilidad de acción en el mundo, ser desposeídos del mundo y de si mismos, esta y no otra es la política de la Economía. El incremento de esta desposesión generalizada es el resultado de la colonización en profundidad de un recurso esencial: el ser humano. El «capital humano» es el objeto de los poderosos de este mundo.

La sociedad capitalista, tras el fin del periodo de crecimiento en 1972, el aumento del desempleo y la polarización de los ingresos, ha debido reelaborar sus planes, rebuscando bien a fondo qué recurso es inagotable. Ha encontrado esta energía, siempre creadora, en este extraño objeto que es la humanidad. El capital humano, finalmente salido de su laboratorio para proliferar por todos lados, tanto como lo permita la aceleración de la circulación, es tomado como la indiferenciación entre la producción y la circulación. El nacimiento de la teoría del capital humano se remonta a los años sesenta por medio de Theodore Schultz, pero es popularizado un poco más tarde por los trabajos de Gary Becker miembro de la sociedad Mont-Pélerin. En su obra Human Capital Becker define el capital humano como « el conjunto de las capacidades productivas que un individuo adquiere por acumulación de conocimientos generales o específicos, de savoir-faire, etc… ». Toda persona es, por lo tanto, un trabajador de su propio capital. Cualquier relación cae en la mediación capital-remuneración. De esta manera, los neoliberales van a destruir completamente cierta tradición del «trabajo». Esta tradición se inicia a partir de John Locke, para quien la actividad humana crea y justifica la propiedad privada, y funda a continuación los «derechos» naturales. Desde este umbral, Marx conceptualiza la noción de «explotación» como la incorporación injusta de los frutos del trabajo. El capital humano hace implosionar esta concepción del trabajo, reduciendo todo lo que hace una persona a la manifestación de un capital y, por lo tanto, elimina toda referencia a un «proceso de trabajo». La primacía marxista de la producción o de la reproducción, se desmorona a la vista de la supresión de las diferencias entre producción y circulación. Sobre este nuevo campo de batalla, no quedan más que individuos aislados convertidos en una empresa de sí mismos, o lo que es lo mismo, que todo individuo es la materia prima, el producto y el cliente de su propia existencia. Los marxistas no ven nada claro el final de la categoría «trabajo».

« La Economía de las singularidades se sitúa, como en la perspectiva de Granovetter, lo más cerca posible del intercambio, pero se diferencia por cuatro características: no se refiere al mercado estandarizado, sino al mercado de las singularidades; añade los dispositivos impersonales a los dispositivos personales; aplica una concepción de la acción orientada por criterios de evaluación, lo que autoriza el estudio de las relaciones específicas con la cultura y la política. Por último, los dispositivos de evaluación son lo suficientemente completos y específicos como para que sus combinaciones sirvan para determinar los regímenes de coordinación que explican el funcionamiento de los mercados de singularidades » (Lucien Karpik, Éléments de l’économie des singularités). El capital humano se imbrica con el Yo narcísico y la economía libidinal para pasar de la plasticidad de la forma del homo economicus a acaparar la profundidad del sí mismo. Modelando la singularidad para identificarse con la identidad, el capital humano es un proceso de subjetivación de una singularidad cualsea en singularidad económica. Si se observa más de cerca la ambigüedad del «valor de uso» de Marx como siendo la materialidad de la mercancía, ésta toma una segunda naturaleza, en la cual el valor adquiere esta característica para extenderla a los seres, a los lugares y a las cosas. El valor es pues indistinguible de las cosas. Atrapada en este entorno existencial, toda singularidad transformada en capital humano adopta la forma de vida específica neutra del estado de la catástrofe, y ralentizada, sin embargo, por heridas existenciales donde se promueve como única externidad el modo del disfrute. De forma que la calidad de los vínculos desaparece en beneficio de la autovalorización perpetua de una singularidad capitalizada para mantener la catástrofe en curso.

En los años 2000, algunos economistas, como Joseph Stiglitz, anuncian que el capital humano representa entre dos tercios y tres cuartas partes del capital total. También él define el capital humano, como el resultado del « conjunto de las competencias y de la experiencia acumulada que tienen por efecto hacer a los asalariados más productivos » (Joseph Stiglitz, Principio de economía moderna). Sin olvidar que Samuelson y Nordhaus apoyaban la constitución de un « stock de conocimientos y competencias técnicos que caracteriza la fuerza de trabajo de una nación y que resultan de una inversión en educación y formación permanente » (Samuelson y Nordhau, Economía). La educación es ciertamente uno de los medios para bricolar de cualquier manera al ciudadano, pero el periodo neoliberal supone la ocasión de reconfigurar a la humanidad sin cesar, para amoldarla a las necesidades del mercado. Los programas de formación continua ofrecidos por las empresas, o por organismos públicos o entidades privadas e incluso infrapersonales, simbolizados por la masa abundante de libros de desarrollo personal, son formas todas ellas de invertir en el capital humano y volverlo más eficiente y adaptado a su entorno. Nuevas teorías del crecimiento emergen a través de los dispositivos educativos. Paul Romer y Robert Lucas desarrollan una teoría del crecimiento endógeno, basada en la condición de la idea de un crecimiento autosostenido. Esto desmonta las teorías anteriores, en particular la de Solow, que define el crecimiento según la tasa de ahorro, tasa de depreciación del capital físico y la tasa de crecimiento de la población activa. Este crecimiento «autosostenido» depende de la herramienta capital humano que permite tratar el despliegue técnico como endógeno. El capital humano es pues un recurso de creación de nuevos mercados y la materia para conservarlos hasta el remplazo del mercado usado.

La noción de mercado es un ángulo muerto del pensamiento marxista. Y esto, porque Marx fue el gran defensor de una representación anticuada del mercado, concebido como una máquina encargada unicamente de desplazar las mercancías hacia su lugar «natural». La intención de Marx sigue siendo  afirmar la primacía de la producción, no pudiendo resultar del intercambio. Sin embargo, las otras representaciones del mercado son caracterizadas del siguiente modo: como espacios circunscritos regulados para la actividad mercantil; como infraestructuras para permitir la circulación de un «valor» liquido en el conjunto del sistema; como máquinas produciendo un «surplus» genérico, como estabilizador entre las fuerzas de compradores y de vendedores, pero para la economía neoclásica como lo análogo de una mecánica. Cuando en los años treinta, los neoliberales se lanzan a la ofensiva contra el socialismo y el marxismo, por medio de la innovación en la concepción del mercado, la nueva definición del mercado hace pasar el modo de regulación por motor del capitalismo y, por añadidura, de la verdad. Hayek fue el primero en promover el mercado como un procesador de información, como el medio para refutar definitivamente el socialismo. De la misma manera el «valor trabajo» recibe su golpe de gracia. « La unidad temporal del trabajo como medida fundamental del valor no tiene sentido » (Michael Hardt y Antonio Negri, Multitud). Sin embargo, después de haber hecho esta despiadada constatación, Hardt y Negri postulan de vuelta nuevos «modos de producción» no imaginados por Marx, reconvirtiendo evidentemente todos los términos clave del marxismo. Este intento de rescate tan oscilante demuestra que los marxistas se quedaron fuera de juego con sus investigaciones. Los neoliberales se han encargado de reconfigurar el capital, haciendo del mercado el proceso de nuestro conocimiento como «procesador superior de información» (Philip Mirowski, Hell is truth seen too late). Ya no hay verdades operativas en un mundo donde la verdad es cualquier cosa que venda. El «relativismo» neoliberal, introducido mucho antes que la visión postmoderna, provoca un cambio epistemológico.

En resumen, el capitalismo no se reduce simplemente más a la función de vender lo que es producido, sino de generalizar la evaluación y contabilización de lo que aún no lo ha sido. La contaminación, las enfermedades y tantos otros fenómenos suponen la ocasión para que el capital constituya nuevos mercados y mantenerlos mediante la aportación de capital humano. De ahí la importancia crucial de las doctrinas microeconómicas en tanto que ciencias del comportamiento. La biopolítica está en el centro del arsenal neoliberal. El gran negocio del capital ya no es la producción, sino la circulación diferenciada en la producción de personas y cosas. La movilidad del capital es sólo posible gracias a la parálisis efectiva de las fuerzas históricas. El plan del neoliberalismo sigue su curso, su chantaje infraestructural como gestión de nuestra parálisis, también sigue su curso.

K.H.M